MAGRITE – LA TITIRITERA DE CUERPOS

<<Magrite…>>
La voz resonó en su cabeza, tan grave como si su eco surgiese de las profundidades del mundo.
<<Oh, querida Magrite, que anhelado el momento de encontrarnos.>>
Las cadenas de sus brazos tintinearon al son de su cuerpo, había estado esperando mucho tiempo aquellas arrastradas palabras.
—Mi señor… —su voz, entrecortada por los años de silencio, tembló de emoción—.
<<El mundo cambia de nuevo mi pequeña, el resurgir del caos es inminente, la paz es el sueño de los ingenuos.>>
El rostro de Magrite, oculto por las sombras, se desfiguró en una siniestra sonrisa de placer.
—Siempre estaré a su servicio, mi amado señor —proclamó en voz alta—.
—¡Tú! —El guardia golpeó las rejas con su arma—. ¡¿Con quién estás hablando?!
Aquellas palabras solo eran ruido lejano en comparación con la profunda melodía de su cabeza. Había permanecido demasiados años pudriéndose sin poder pudrirse. Sola, aislada de su sed y ansia de sangre. Sin una mísera y muerta compañía…
El hombre abrió la puerta, visiblemente molesto, y recostó la punta de su lanza sobre el cuello de ella.
<<Ya sabes dónde encontrarme Magrite, mi fuego eterno.>>
Fue lo último que escuchó antes de que el guardia se sujetara el cuello con ambas manos, dejando caer el arma que segundos antes sostenía. El rostro del centinela pasó por un sin fin de tonalidades antes de perecer asfixiado a los pies de Magrite.
Ella lo observó eufórica, era un regalo por su devota espera, un obsequio a su lealtad, un tributo a la titiritera de cuerpos.